martes, 11 de mayo de 2010

Verde sobre pálido

La luna, que es el capricho mismo, miró por la ventana mientras dormías en tu cuna, y se dijo: "Este niño me agrada."

Y bajó blandamente su escalera de nubes y atravesó sin ruido los cristales. Se extendió luego sobre ti con la suave ternura de una madre, y depositó sus colores sobre tu rostro. Las pupilas se te quedaron verdes, y extraordinariamente pálidas las mejillas. Por contemplar esta visita, tus ojos se agrandaron de tal forma; y ella se te aferró tan tiernamente a la garganta, que has conservado para siempre las ganas de llorar.

Sin embargo, en la expansión de su gozo, la Luna llenaba todo el cuarto como una atmósfera fosforescente, como un veneno luminoso; y toda esta luz viviente pensaba y decía:
"Sufrirás eternamente la influencia de mi beso. Serás hermosa a mi manera. Amarás lo que yo amo y lo que a mí me ama: el agua, las nubes, el silencio y la noche; el mar, inmenso y verde; el agua, informe y multiforme; el lugar en el que no estés; el amante al que no conozcas; las flores monstruosas; los perfumes que hacen delirar; los gatos que se desmayan sobre los pianos y gimen como mujeres, con voz ronca y dulce.
>>Serás amada por mis amantes, cortejada por mis cortesanos. Serás la reina de los hombres de ojos verdes a quienes yo también apreté la garganta en mis caricias nocturnas; de aquellos que aman el mar, inmenso mar, tumultuoso y verde, el agua informe y multiforme, el lugar en el que no están, la mujer que no conocen, las flores siniestras parecidas a incensarios de una religión desconocida, los perfumes que quebrantan la voluntad, y los animales salvajes y voluptuosos, emblemas de su locura."

Y por esto, maldita y querida niña mimada, es por lo que yo estoy ahora acostado a tus pies, buscando en toda tu persona el reflejo de la temible Divinidad, de la fatídica madrina, de la nutricia envenenadora de todos los lunáticos.

Ch. Baudelaire...

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