
"Hay una obra, universalmente conocida y perteneciente a la literatura española, en la que una estatua de piedra, obedeciendo a la Justicia divina, acude a un banquete al que ha sido invitado por un calavera. El anfitrión, al aparecer aquella, se esfuerza por aparentar serenidad, y la recibe de buen talante; pero la estatua estrecha su mano, y a este contacto la tranquilidad se desvanece, y aquel hombre, yerto y aterrado, sufre una terrible convulsión.
Pues bien; la impresión que en mi vida me ha producido la primera prueba de infidelidad de una mujer o de un amigo, sólo la encuentro comparable con el apretón de manos de la estatua. Hay una verdadera analogía entre aquella sensación y la que causa el mármol, porque es la realidad con toda su mortal frialdad, helándonos con un beso: es el contacto con la criatura de piedra. (...)"
[ A. de Musset, extracto de "Confesión de un hijo de siglo"]

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