lunes, 21 de junio de 2010

Todos flotamos





Veloz como el caballo negro del olvido.

Así huía entre espesura neuronal la vida de Víctor.
Víctor tenía siete años. O tal vez ciento siete. La edad era difícil de definir en el lugar vacío de tiempo y espacio en el que Víctor flotaba.

¿Dónde flotaba? Cualquier mortal diría que en la Nada.
Pero Víctor sabía que la Nada no existía. No era un blanco absoluto ni un negro absoluto. Era la obsesión del ser humano por encontrar un orden comprensible a todo.

Víctor flotaba. Flotaba bajo el destino de los indecisos, gris e informe.
Y era consciente de que eso podía ser la Eternidad, porque se ausentaba allí todo contacto con lo Real.

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